Gloria Álvarez.
El origen del poder de los
gobernantes radica en la mente de los gobernados. Esto aplica también para las
relaciones conyugales. Es común que uno de los dos miembros de la pareja desee
tener más derecho de decisión que el otro; y lo logrará en la medida en que el
otro lo acepte.
Tal vez en una sociedad primitiva
las actividades se dividían según su rudeza, dejando al hombre las actividades
más rudas, pues éste posee más fuerza física que la mujer. La mujer, entonces,
fue relegada a las actividades dentro del hogar, las cuales podían ser más
livianas. De esta forma se estableció una división del trabajo en la cual el
hombre procuraba el abastecimiento de alimentos para el hogar y la mujer los
preparaba y servía.
En la actualidad, a pesar de que
la consecución de los medios no requiere necesariamente fortaleza física, aún
se conserva la idea primitiva de que debe ser el hombre quien se encargue de
esa tarea. Es tan fuerte este paradigma que, incluso, se han creado leyes para
obligar al hombre a cumplir con esa “obligación”. Y, como consecuencia, aún se
cree que la mujer debe permanecer en el hogar y ser ella quien sirva y atienda
a los demás miembros de la familia.
Otra consecuencia de dicha
distribución del trabajo en la familia fue que, al permanecer las mujeres en el
hogar y los hombres fuera de él, estos último tuvieron más oportunidad de
relacionarse con sus semejantes dando lugar a una sociedad en la cual las
decisiones colectivas eran tomadas por ellos.
Es necesario notar que estos dos
paradigmas han sido aceptados tanto por los hombres como por las mujeres. Por
doquier se observan madres que les dicen a sus hijas que deben servirle sus
alimentos, lavarle y plancharle la ropa y prestarle otro sin fin de servicios
al marido. Tampoco es raro que teniendo la oportunidad de elegir a una mujer
como gobernante, la gran mayoría de votos
favorezcan a candidatos varones.
Si bien es cierto hay ahora
muchas personas (hombres y mujeres) que practican y promueven la igualdad, no
son suficientes para erradicar las ideas primitivas antes mencionadas. Se
requiere mucho trabajo aún en la divulgación de esa diferente forma de vida que
proponen.
Sigamos, entonces, con la ardua
tarea de fomentar la igualdad, no solo de géneros, sino también de razas – si es
que tal cosa existe- Pues al final todos somos personas. Pero no nos amarguemos
mucho. Mientras exista quien quiera ser oprimido, siempre existirán opresores.
¿Para qué sufrir queriendo salvar a quien no quiere ser salvado?
En lo personal, no quisiera que hubiera
una persona que tenga más poder que las demás. Esto implicaría la eliminación
de cualquier forma de Gobierno, pero esta idea resulta muy radical para la mayoría.
Así que a los defensores de la igualdad no nos queda más que vivir de acuerdo
con nuestras convicciones, siempre respetando la vida, la libertad y la
propiedad (nuestra y de los demás)

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