"Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libre".
Jesucristo.
Hace un poco más de un año asistí a un coloquio sobre la libertad. Durante esta reunión el moderador afirmó que la solución a los problemas sociales de la actualidad no estaba en la educación, como muchos creen, sino en la legislación. En aquella ocasión permanecí callado por dos razones: En primer lugar porque mi tragedia personal era lo suficientemente grande como para estarme preocupando por la de mi país. En segundo lugar porque, aunque creyera lo contrario, carecía de argumentos para defender mi postura; aunque debo admitir que esta segunda razón nunca ha importado mucho. Por lo general acostumbramos discutir sobre temas de los cuales no tenemos ni idea y sobre los cuales nunca nos ha interesado documentarnos.
Los cambios acontecidos durante este año (2015) en el país no han sido producto de cambios en la legislación. En realidad fueron promovidos, en su mayoría por grupos de personas que se han dedicado a cultivarse a sí mismos por medio de la educación; y si miramos de dónde vienen, nos daremos cuenta que muchos de ellos pertenecen o han pertenecido a una institución educativa fundada por un hombre cuya visión era precisamente empezar ese cambio a través de la educación.
La legislación, por su parte, conlleva a una gran contradicción. Y es la necesidad de otorgarle a alguien el poder, y esto trae consigo abusos que se pueden explicar con el despectivo refrán: "Al indio ponele caites y te pateará el culo". Si argumentamos que por medio de ella evitaremos que nos agredamos unos a otros, pues es lo que a veces tendemos a hacer, ¿quién nos asegura que el legislador no hará lo mismo? Si tenemos legisladores para que nos protejan, ¿quién nos protege de los legisladores? En el caso de la agresión entre personas comunes la defensa no se vuelve tan difícil. Pero cómo nos defendemos, sin cometer ilegalidades, de aquellos que utilizan la ley para violar nuestros derechos. La razón por la que nos aferramos a la legislación es porque tenemos la esperanza de que algún día llegue un hombre muy sabio y justo a dictar las leyes. Pero la verdad es que todos padecemos de las mismas enfermedades psicológicas.
Y qué decir de la educación? A caso no es también absurdo pensar que haya un hombre o grupo capaz de enseñarnos cómo vivir? Si tomamos en cuenta lo mismo que en el caso de un legislador, diremos que no existe tal hombre.
Aún así me atrevo a afirmar que el cambio radica en la educación. Pero no en esa enseñanza dogmática que nos ha sido impuesta por el estado y a la cual se adhiere la gran mayoría de establecimientos educativos. Tampoco en el montón de teorías que se enseñan en las universidades y que no llegamos a entender porque suelen ser contradictorias entre sí e imposibles de contrastar con la realidad. Mas bien, en una educación orientada a la búsqueda de la verdad. Pero, para buscar la verdad muchas veces es necesario desaprender. Por eso se debe enseñar a los alumnos a ser lectores críticos, a cuestionar todo aquello que se le enseña. Solo así conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres.
