“Son muchos los intelectuales que
envidian la prosperidad del afortunado hombre de negocios. Tal resentimiento
les arroja frecuentemente en brazos del socialismo, pues creen que bajo este
régimen cobrarían sumas superiores a las que perciben en un régimen
capitalista.”
Ludwig
Von Mises.
“Yo no voy a regalar mi trabajo”
es la expresión utilizada por muchos artistas, que han estudiado muchos años
para llegar conseguir la excelencia en su arte. Para mala pata para ellos, en
nuestra sociedad, la excelencia artística no es reconocida ni valorada por la
masa. En palabras de Hayek, ellos gozan de mucho mérito pero no aportan valor
al conglomerado, el cual prefiere el arte menos refinado.
El error no es dedicarse al
cultivo del arte, pues no cabe duda que al hacerlo se persigue un grado más
elevado de satisfacción, característica esencial de toda acción humana. El
error consiste en esperar que los demás persigan el mismo fin utilizando los
medios que yo considero como los mejores.
Por eso se ha llegado a creer
necesario el subsidio de los gobiernos al arte a través del ministerio de
cultura creando fuentes de trabajo para el artista y oportunidades de exhibir
sus obras en museos. Pero, si nos basamos en las enseñanzas de Hayek, esa tarea
no compete al estado, el cual debe proteger el derecho individual y no el
mérito de un grupo en particular.
Sin embargo, muchos artistas, al
tratar de encontrar la verdad sobre su situación, se enfrentan con un dilema:
Se dan cuenta, con mucha tristeza, que a la gran mayoría de personas no les
interesa las obras de gran calidad artística; y que el sector que aprecia las
mismas, muchas veces está conformado por personas que pueden producir sus
propias obras; y no les queda más que trabajar ad honorem u obteniendo una
ganancia muy pequeña o vulgarizar sus obras y de esta forma obtener mejores
ingresos.
Pero no todo está perdido.
Sabemos, gracias a Mises, que toda acción humana persigue un fin, un grado de
satisfacción más elevado. Y la actividad artística no es la excepción. Cuando
el artista es consciente de esto; y se entrega en cuerpo y alma a su obra, ya
no importa lo que recibirá de los demás a cambio de su arte. Se interna en ese
mundo mágico donde surge la inspiración y ha encontrado la manera de conversar
con Dios. Y Dios lo escucha.
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