sábado, 6 de junio de 2015

El Arte

“Son muchos los intelectuales que envidian la prosperidad del afortunado hombre de negocios. Tal resentimiento les arroja frecuentemente en brazos del socialismo, pues creen que bajo este régimen cobrarían sumas superiores a las que perciben en un régimen capitalista.”
                                                                                                                                  Ludwig Von Mises.

“Yo no voy a regalar mi trabajo” es la expresión utilizada por muchos artistas, que han estudiado muchos años para llegar conseguir la excelencia en su arte. Para mala pata para ellos, en nuestra sociedad, la excelencia artística no es reconocida ni valorada por la masa. En palabras de Hayek, ellos gozan de mucho mérito pero no aportan valor al conglomerado, el cual prefiere el arte menos refinado.

El error no es dedicarse al cultivo del arte, pues no cabe duda que al hacerlo se persigue un grado más elevado de satisfacción, característica esencial de toda acción humana. El error consiste en esperar que los demás persigan el mismo fin utilizando los medios que yo considero como los mejores.

Por eso se ha llegado a creer necesario el subsidio de los gobiernos al arte a través del ministerio de cultura creando fuentes de trabajo para el artista y oportunidades de exhibir sus obras en museos. Pero, si nos basamos en las enseñanzas de Hayek, esa tarea no compete al estado, el cual debe proteger el derecho individual y no el mérito de un grupo en particular.

Sin embargo, muchos artistas, al tratar de encontrar la verdad sobre su situación, se enfrentan con un dilema: Se dan cuenta, con mucha tristeza, que a la gran mayoría de personas no les interesa las obras de gran calidad artística; y que el sector que aprecia las mismas, muchas veces está conformado por personas que pueden producir sus propias obras; y no les queda más que trabajar ad honorem u obteniendo una ganancia muy pequeña o vulgarizar sus obras y de esta forma obtener mejores ingresos.

Pero no todo está perdido. Sabemos, gracias a Mises, que toda acción humana persigue un fin, un grado de satisfacción más elevado. Y la actividad artística no es la excepción. Cuando el artista es consciente de esto; y se entrega en cuerpo y alma a su obra, ya no importa lo que recibirá de los demás a cambio de su arte. Se interna en ese mundo mágico donde surge la inspiración y ha encontrado la manera de conversar con Dios. Y Dios lo escucha.

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